Lo vas a dejar de sentir

Si no lo vas a dejar de sentir, aprende a vivir con ello. Y es que ahí está la mágia del corazón; que siente sin razón. Siente lo que quiere y cuando no quiere. Y no hay razón que lo pare.

Si no lo vas a dejar de sentir, aceptalo ya. Aprende a convivir con eso. Intenta ser tú quien domestique al sentimiento y no al revés. Comunicate con tu yo interior y averigua que es lo que ocurre. Pero sin huir. Afrontándolo.

Si no lo vas a dejar de sentir, deja de intentarlo. Porque cuanto más luches por evitarlo, más fuerte lo sentirás. Efecto contrario. Ponte de su lado. Ir al mismo ritmo. Conócele. Deja de preguntarle porque no se va y empieza a descubrir porque está allí.

Si no lo vas a dejar de sentir, como mínimo, intenta que no te consuma. No te dejes consumir por algo que tú mismo has creado. Intenta girar las cosas y buscar el lado positivo de ello. Siempre lo hay.

Y sé feliz con ello, afróntalo, únete a él y te darás cuenta que cuando lo entiendas todo cobrará sentido. Ya no te pesará y encontrarás solución. Porque sea lo que sea, en algún momento u otro, lo vas a dejar de sentir.

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Por ese último

Por ese último beso de buenas noches. Por esa caricia. Por ese abrazo. Por ese polvo tonto. Ese último orgasmo. Esa mirada cómplice. Por esa última sonrisa.

Por ese último desayuno. Esa comida en família. Esa merienda sin hambre. Y esa cena ansiada. Ese postre. Ese brindis.

Por esos últimos preparativos. Esos nervios. Esa espera. Esa emoción. Esa ilusión. Esa inquietud. Esas ganas de despedir y de dar la bienvenida.

Por ese último mensaje. Esa llamada. Esa palabra bonita. Por ese te quiero. Por ese último mucho, mucho, mucho.

Por todas esas últimas cosas que harás hoy. Por todas esas rutinas que hoy despides por ser las últimas del año.

Por todos esos propósitos. Por ese último chocolate antes de empezar la dieta. Por ese último cigarro. Por esa fuerza de voluntad que vas a necesitar para empezar a ir al gym.
Por todo lo que hacemos por última vez este 2016. Por todo lo que hemos hecho demasiadas veces. Por todo lo no logrado. Por lo encontrado sin buscar. Por todo lo que dejamos atrás.

Y por lo que vendrá. Por esas nuevas ganas de empezar de cero. Por esas expectativas puestas en el 2017. Por la incertidumbre de lo que pasará.

Por todo eso, vamos a despedirnos de este 2016 por última vez y vamos a ver que nos depara el 2017.

 Feliz año nuevo.

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Que sí, que sí, que tengo miedo

Que sí, que sí, que tengo miedo. Miedo de verdad. De los que te sobrepasan. De los que te dejan sin saber muy bien como seguir.

Que sí, que sí, que tengo miedo. No lo voy a negar. Hace ya tiempo que lo tengo y no se cuanto durará. Pero ahí está. Y cuanto más avanza más me acostumbro a vivir con él.

Que sí, que sí, que tengo miedo. No sé si es bueno o malo pero lo tengo. Y supongo que es normal. Que todos debemos tenerlo. Que no soy sólo yo. Que hay cosas que nos asustarán a todos.
Que sí, que sí, que tengo miedo. Que me escondo porque ya no sé si me da más miedo ver como algo o alguien se va o que se vaya. Supongo que no afrontarlo es la mejor forma de negarlo.
Que sí, que sí, que tengo miedo. Y mucho. Pero lo llevo bien. O eso creo. O me da igual. O no sé que muy bien que me pasa pero tengo miedo.

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Vamos de modernos

Vamos de modernos y no tenemos ni idea de lo que significa la palabra modernidad. Fingimos que todo nos parece bien. Hacemos que todo nos gusta y que somos capaces de adaptarnos al mundo que nos rodea. Pero que va. De eso nada.

Vamos de modernos y seguimos sin ser capaces de aceptar que vivimos en una sociedad globalizadora donde todo el mundo tiene derecho a vivir en nuestro país. Nos parecen valientes los que se van a vivir fuera. Sean cuales sean sus motivos. Ya quieran aprender un idioma o busquen una mejor vida. Pero no aceptamos los que entran en el nuestro para huir del suyo. Seguimos creyendo que tenemos más derechos que ellos. Porque si. Porque de alguna manera u otra creemos que somos mejores. Cuando es, precisamente, ese pensamiento el que nos hace inferiores.

Vamos de modernos, proclamando que todos somos libres de amar a quien queramos pero seguimos bajando la mirada cuando vemos dos personas del mismo sexo cogiéndose de la mano. Y no hablemos si encima se besan. Contradecimos nuestras propias palabras con nuestro lenguaje no verbal. Nos creemos liberales y seguimos sin entender demasiadas cosas.

Vamos de modernos, pensando que todos somos iguales. Que las diferencias entre sexos ya no existen. Pero seguimos esperando que sean ellos los que paguen la cuenta, como mínimo en la primera cita. Costumbres ancladas a una sociedad que va de moderna.

Vamos de modernos, creyendo que lo sabemos todo. Que a los mayores se les ha pasado tanto el arroz que no saben de lo que hablan. Que lo tenemos todo controlado. Que no se nos escapa nada. Que sabemos más que nadie. Que hemos vivido tanto que podemos dar lecciones.

Vamos de modernos cuando deberíamos pararnos a pensar en si somos capaces de serlo. En si estamos preparados para afrontar el mundo que se abre ante nuestros ojos, sin juzgarlo más de lo que deberíamos juzgarnos a nosotros mismos.

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Cuestión de suerte

La suerte. Una gran desconocida para muchos y una íntima amiga para otros. Esa que cuando la buscas no la encuentras y cuando menos lo esperas ahí está. Para arreglarlo toda. Para darte la solución.

La suerte. Esa que lo cambia todo en cuestión de segundos. Esa que se esconde detrás de una respuesta esperada o de una série de números que nos pueden solucionar la vida.

La suerte. Merecida o no. Un debate interminable. Cuantos la tendrán sin merecerla, y cuantos no la habrán podido ni difrutar aún habiendosela ganado con creces. Pero así es la vida. Injusta. Nadie tiene lo que merece. Y todos quieren más de lo que tienen.

La suerte. No tengo claro si la suerte se busca o se encuentra. No sé si aparece cuando dejas de buscar. Lo que si sé es que existe. Y viene de la mano de la felicidad.

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Son esos pequeños detalles

Son las ganas de verte. Los nervios justo antes que aparezcas. La sonrisa tonta que ni sé, ni quiero controlar. El estar bien. El sentirse agusto. El dejarse llevar.

Son las cenas improvisadas. Los planes hechos. Lo que queda por venir. Los vamos que te sigo. Las miradas cruzadas. Las ganas de ti. Un cúmulo de cosas.

Son los besos callados. Los robados. Las ganas de más. Las caricias tontas. Los roces sin querer. Esos pequeños actos que lo ponen todo en alerta. La alerta que te despierta. Esa sensación que no quieres que desaparezca.

Son las sorpresas así, porqué sí. Las locuras más cuerdas. La naturalidad. Los silencios cómodos. Las ganas de volver justo después de irse.

Son esos pequeños detalles. Esos que lo hacen todo tan grande.

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Me gustas

Me gustas. Mucho. Muchísimo. Sin filtros. Incluso en baja resolución. Por como haces que brille el mundo a tu lado. Por la magia que desprendes. Por todas esas ganas que les contagias a los demás.

Me gustas. Sin más. Porque sí. Por tu simpleza. Por esa naturalidad que te hace tan común. Por esa sensillez que te hace inmensamente extraordinario.

Me gustas. Demasiado. Por hacerlo fácil. Por hacerlo. Por atreverte. Por no tener miedo. Por ser valiente. Por anteponer lo que quieres a lo que quieren. Por lo bien que lo haces. Por todo.

Me gustas. Sin vergüenza. Sin tonterías. Sin medias tintas. A lo tonto. A lo bonito. A lo real. A lo nuestro. A todas. Así. Tal cual. Como eres. Ni más ni menos.

Me gustas. Como persona. Como amigo. Como algo más. Como todo. Como nada. Como lo que surja. Como lo que tenga que ser, será.

Me gustas. Tanto. Como para no permitirme perderte. Como para poder solucionarlo todo a besos. Como para llorar riendo. Como para morirnos de la risa.

Me gustas. No lo puedo evitar. Ni quiero. ¿para qué? Quiero gritarlo. Lo necesito. Quiero hacerte partícipe. Compartirlo contigo. Conjugarlo en primera persona del plural. Y gritar juntos: nos gustamos.

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